La noche cae con una densidad extraña, como si el cielo mismo se negara a mirar lo que está a punto de ocurrir. Sobre el descampado, el viento raspa los pastizales secos con un sonido bronco, un arrastre continuo que parece un quejido. En medio de ese paisaje áspero, iluminado apenas por los faros de una camioneta vieja con las puertas abiertas, Kate camina en círculos con un cigarrillo entre los dedos. Sus pasos son cortos e intranquilos, la ansiedad la delata incluso en su manera de respirar.