El viaje con Jean Pol deja de ser una posibilidad el mismo instante en que Amara cruza la pista privada con los bebés en brazos y siente cómo el aire tibio de la mañana le golpea el rostro con una mezcla extraña de vértigo y fortaleza , porque no es solo un traslado entre países sino una decisión que, aunque ella todavía no lo admite del todo, comienza a desplazar silenciosamente piezas internas que lleva tiempo intentando mantener en equilibrio.
El jet aguarda con la puerta abierta y una calma casi insultante, como si no supiera que está a punto de llevar consigo a una mujer que carga más dudas que equipaje, más silencios que certezas, y dos niños que duermen ajenos al peso emocional de ese viaje, confiados, vulnerables, aferrados a ella como si el mundo entero pudiera resumirse en sus brazos.
Jean Pol aparece detrás de ella con una serenidad calculada, vestido con la elegancia natural de quien no necesita demostrar poder porque lo ejerce a diario, y la observa unos segundos antes