La casa está en silencio cuando Liam llega esa noche, un silencio denso, cargado, de esos que no tranquilizan sino que anuncian que algo está a punto de romperse, porque no es la calma habitual de una familia dormida sino una quietud artificial, sostenida apenas por la costumbre y por la ausencia deliberada de palabras durante todo el día.
Cierra la puerta con cuidado, no por consideración sino por inercia, deja las llaves sobre el mueble de la entrada y se queda unos segundos inmóvil, respirando hondo, como si necesitara prepararse para lo que sabe inevitable, porque ha visto las imágenes, ha escuchado los murmullos, ha sentido el peso de la exposición pública como una losa, pero también porque conoce a Amara lo suficiente como para saber que no va a dejar pasar nada, que no va a fingir indiferencia, que ese silencio no es olvido sino contención.
La encuentra en la sala, sentada en uno de los sillones, con el celular apoyado boca abajo sobre la mesa baja, como si no quisiera verlo pe