El hospital huele a desinfectante y a madrugada, aunque todavía no es de noche. Amara cruza las puertas automáticas con el corazón acelerado, sintiendo que cada paso pesa más de lo que debería. No recuerda cómo llegó hasta allí. Solo recuerda el miedo clavándosele en el cuerpo como una advertencia tardía, la imagen de Sophie cayendo al suelo repitiéndose una y otra vez, y la certeza insoportable de que esta vez no podría soportar ser la causa de otro daño.
Pregunta en recepción con la voz temblorosa, se equivoca de piso, vuelve a preguntar, camina demasiado rápido por pasillos largos que no parecen terminar nunca. Cuando por fin ve a Cristóbal sentado frente a una sala de observación, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, siente un nudo cerrársele en la garganta.
–¿Cómo está? –pregunta sin preámbulos, sin saludo, sin aire.
Cristóbal levanta la cabeza. Sus ojos están cansados, enrojecidos, pero ya no hay rabia en ellos. Solo una preocupación que todavía no