De nuevo en la nave central, la visión es dantesca. El techo se derrumba a pedazos, las llamas alcanzan los confesionarios, el crucifijo del altar arde como un símbolo sacrílego. Los cadáveres de algunos guardias yacen entre los bancos partidos.
Amara y Carlota cargan con Liam, paso a paso, jadeando bajo el peso y el calor. Cada metro parece una eternidad. –¡Por ahí! –Carlota señala un ventanal destrozado, del que cuelgan restos de vitral aún ardiendo.
Avanzan, esquivando vigas incandescentes