La puerta del quirófano se cierra con un golpe seco que suena a sentencia. Las luces blancas siguen parpadeando sobre la camilla donde yacen los cuerpos yacen, donde las vidas se juegan a un hilo. Dentro, el equipo quirúrgico no deja de moverse con un ballet de manos profesionales: bisturíes que abren, pinzas que cierran, sueros que se inyectan, órdenes rapadas que rebotan en la sala estéril. Afuera, el pasillo del hospital se hace un universo aparte: relojes que se estiran, teléfonos que suena