Pero él, con un esfuerzo que le duele en el alma, la detiene. Sus dedos rodean con firmeza su muñeca. La mirada que le lanza es un grito ahogado. –¡No! –exclama con desesperación. –No puedo seguir con esto. No debo. ¡Esto no debe continuar!
Ella lo mira, inmóvil, sorprendida. No por su negativa, sino por la manera en que le tiembla la voz. –Amo a Amara –insiste, con los ojos llenos de contradicción. –Y aunque desearía mentirme, aunque parte de mí anhele perderse en ti… ella no se merece esto.