Cristóbal llega a su casa con el cuerpo encorvado por el peso de lo no dicho. Deja las llaves sobre la mesa con un ruido seco, se afloja el nudo de la corbata como si lo ahogara, y camina hasta la cocina con pasos lentos, casi arrastrados. La cafetera todavía está tibia. Se sirve una taza y observa cómo el vapor se eleva, ondulante, como si quisiera decirle algo que él no logra descifrar.
Se sienta a la mesa con la taza entre las manos, pero el calor no le alivia el frío en el pecho. –Tres día