Isidora no fue una mujer impulsiva. Nunca lo había sido. Por eso, cuando las palabras de Ares se instalaron en su mente como una verdad nueva —me importas—, no reaccionó con exaltación ni con fantasías desmedidas. No se permitió interpretar aquello como una promesa ni como una invitación abierta. Pero tampoco lo relegó al olvido.
Lo tomó como lo que era: un punto de inicio.
No de una relación declarada, sino de algo más sutil y, quizá, más peligroso. Un espacio tácito que antes no existía.
Dura