Ares siempre había creído que los límites más difíciles de respetar no eran los externos, sino los propios. Aquellos que uno se imponía para no caer, para no repetir errores, para no convertirse en alguien que no quería volver a ser. Por eso, desde que Isidora había entrado en su vida profesional, había construido un muro invisible hecho de silencio, prudencia y control.
Hasta ese día, lo había logrado.
No era ajeno a lo que sentía. Sería absurdo negarlo. Pero había aprendido a convivir con las