Agnes no necesitó que nadie le confirmara nada. No hubo una escena concreta, ni una frase escuchada a escondidas, ni un gesto explícito que pudiera señalarse como prueba irrefutable. Lo supo de la forma más cruel y más clara a la vez: por la ausencia.
Por la manera en que Ares ya no la miraba.
Durante semanas se había repetido que los rumores eran solo eso, murmullos amplificados por la curiosidad ajena y el morbo habitual del hospital. Había decidido no prestarles atención, convencida de que m