Cuando su esposo salió, ella estalló.
Pero esta vez no en llanto, sino en ira.
Comenzó a destrozar todo lo que había en la sala sin importarle cuánto le había costado decorarla ni el tiempo que había invertido. Ahora nada tenía sentido. Todo había sido un espejismo, una farsa que Ares se inventó -según ella- para vengarse de Alicia. Pero la verdad era otra, más cruel: no había resistido la seducción, no había podido mantenerse firme. Eso solo confirmaba que Ares no era más que el mismo idiota d