La madre de Ares quería preguntarlo todo. La urgencia por entender, por unir cada pieza del rompecabezas, le quemaba en la lengua. Pero cuando abrió la boca para hacerlo, pensó en su hijo… y en lo furioso que se pondría si ella se entrometía más de lo necesario.
En ese punto comprendió que lo mejor era permitir que Agnes hablara directamente con él. Así que, en lugar de presionarla, tomó las manos de la joven con una ternura que contrastaba con la seriedad de la situación.
—Quiero dejarte un pa