Apenas la puerta se cerró de golpe detrás de su madre, Agnes apoyó la espalda en la madera, dejando escapar un suspiro tenso que le vació los pulmones. Había usado más fuerza de la necesaria, sí, pero quería que quedara claro: aquella mujer no era bienvenida en su hogar. Ni ahora ni nunca. La vibración sorda del portazo quedó suspendida en el aire mientras ella bajaba la mirada hacia su vientre cubierto por el suéter ancho de Ares. Agradeció haberlo llevado puesto; su madre había sido demasiado