La oferta era simple; yo ponía la marca, la estructura y el control operativo; ellos ponían capital y rutas exclusivas. Una expansión que me aseguraba influencia real durante los próximos diez años. Pero había una condición no negociable: yo tenía que estar ahí. Querían ver al tipo que decidió no caerse cuando el viejo murió. No aparecer fue leído como debilidad. Y en ese mundo, la debilidad no se perdona. Se cobra con intereses.
Días después, cuando Gabriel estaba más tranquilo volvió a mi oficina como si nada. Demasiado tranquilo. Eso nunca era buena señal. Se dejó caer en la silla frente a mí y me miró.
—Casi nos cuesta el puto imperio —dijo—. Para que lo sepas.
No respondí. Me limité a beber un whisky.
—El inversionista principal es Harrison Blackwood —continuó—. Casado, tiene dos hijos uno de doce y otro de cinco.
Religioso con la familia hasta el punto de dar miedo.
Exhalé despacio.
—¿Y?
Gabriel se inclinó hacia adelante.
—Y ese cabrón no invierte en hombres brillantes. Inviert