Mayo.
Dos meses.
Ella siguió con sus estudios, los mismos espíritus de siempre poseían la mansión, la llorona, la que hablaba sola. Desde la terraza la veía caminar por el jardín como un animal salvaje, cabello suelto, descalza en medio de las flores y un libro en las manos. Siempre hacía lo mismo en sus ratos libres. Yo me
dediqué a hacer lo que mejor sabía: evadir, controlar.
Las discusiones empezaron a ser más frecuentes, absurdas y necesarias. Era como si ambos buscáramos cualquier excusa