Vincet.
Tres golpes en la puerta de mi oficina me sacaron de concentración. Gabriel apareció con esa sonrisa que, en ocasiones, me sacaba de quicio. Elevó una ceja y frunció los labios en una mueca burlona.
—Vaya, qué cara.
—La misma de siempre —respondí sin despegar la vista de la pantalla de la laptop.
—¿Amanecimos de malas hoy? —soltó una risita, arrastró la silla y se sentó— ¿Qué carajos te pasó en la mano? No me digas que querías comprobar si aún te corre sangre por las venas.
Su risa se