Vincent.
Una vez que cruzamos las puertas de la mansión, ella siguió de largo por la sala y yo empecé a subir las escaleras. Entonces, de repente, escuché:
—Gracias…
Me giré lo suficiente para mirarla.
—Por lo de hoy… por lo de mis hermanas.
Lo decía con sinceridad, aunque le costaba. Aunque intentara construir una pared, su corazón de pollo terminaba imponiéndose. Siempre.
—No me agradezcas —dije sin ningún tipo de expresión—. Tómalo como una recarga para lo que se te viene encima. Una motiva