Él no dijo nada. Caminó hacia la pequeña mesa donde reposaba una botella de whisky a medio llenar. La tomó con fuerza, pero sin parecer exagerado. Todos los movimientos de él eran tan impecables. La miró un segundo, como si el líquido pudiera darle la paciencia que yo le quitaba.
Luego, sin mirarme, giró apenas el rostro e hizo una leve señal con la cabeza. Un gesto simple, seco… pero claro.
Entendí que debía seguirlo.
No pregunté. No quería provocarlo más. Caminé detrás de él, tratando de no hacer ruido. La puerta se abrió y una corriente de aire me acarició el rostro. El cielo de la ciudad se extendía oscuro, pero lleno de luces titilantes, parecía que el cielo estaba más cerca. Subimos una pequeña escalera metálica y entonces la vi: una azotea amplia, con una vista que robaba el aliento. Las luces de la ciudad parecían tan pequeñas. La vista parecía una postal irreal, todo se veía tan hermoso.
Y aterrador.
Él caminó hasta el borde con la botella en la mano. No se giró, pero sabía