El bufete de abogados estaba en lo alto de un edificio elegante del Midtown, con vistas a la ciudad que no ofrecían consuelo alguno. Albert cruzó el lobby sin detenerse, saludando con una leve inclinación a la recepcionista, y entró directamente en la oficina del hombre que había redactado más contratos de confidencialidad y acuerdos prenupciales que cualquier otro en la costa este: Richard Duvall.
Richard lo esperaba con una expresión que mezclaba respeto profesional y cierta incomodidad. Sabí