Emily entró a la oficina con los ojos medio abiertos y el café medio lleno. Había dormido poco, y lo poco que durmió, lo hizo soñando con manteles de lino, vestidos de encaje y suegras con tacones que pesaban más que su dignidad.
—Buenos días, Thompson —la saludó Paul, uno de los chicos de Finanzas, mientras pasaba con su portafolio lleno de documentos que probablemente costaban más que su carro.
—No hay días buenos cuando estás planeando la boda del siglo para alguien que ni siquiera sabe si q