Emily miró su reflejo una última vez en el espejo del elevador. El vestido azul medianoche que había elegido —gracias a una tienda recomendada por Valeria— le sentaba tan bien que por un momento pensó que tal vez podría pasar por alguien con apellido de linaje. Pero la ansiedad en su estómago le recordaba lo que realmente era: una intrusa con buen gusto y nervios de acero en proceso de oxidación.
Albert estaba a su lado, en silencio, ajustando los puños de su camisa con movimientos mecánicos. S