Cuando Helena McNeil reapareció en Brown Enterprises, no hizo falta un comunicado oficial. No hubo un “buenos días” general ni una sonrisa protocolar. Solo sus tacones resonando en el mármol, un bolso Hermès que costaba más que el carro de Emily y una expresión que combinaba superioridad, resentimiento y una pizca de maquillaje de guerra.
Y cuando se detuvo frente al escritorio de Emily, todos supieron que algo grande estaba pasando.
—Emily, querida —dijo con una voz tan dulce que empalagaba—.