La porra de polímero impactó en la espalda de Valentina, justo entre los omóplatos. El dolor fue una explosión blanca que le nubló la vista y le cortó la respiración. Valentina gritó, cayendo al suelo húmedo.
—¡Sujétenla! —ordenó la guardia, levantando la porra para un segundo golpe, esta vez a la cabeza.
Valentina se arrastró por el suelo, desesperada. Sus manos buscaron algo, cualquier cosa. Sus dedos se cerraron alrededor de una válvula roja en la pared, marcada con una señal de advertencia: