El reservado del club Onyx se había sumido en una quietud densa, casi asfixiante. La euforia del brindis por la caída de los Ferrán se había disipado, dejando en su lugar el residuo amargo de la realidad. Nicolás Valente miraba el fondo de su vaso vacío, perdido en pensamientos que nada tenían que ver con negocios o mafias.
De pronto, el teléfono sobre la mesa vibró. Un zumbido corto, seco, insistente.
Nicolás desvió la mirada hacia la pantalla iluminada, pero no hizo ademán de tocarlo. Su nomb