Inicio / Mafia / COMPRADA POR EL JEFE DE LA MAFIA / Capítulo 241: Donde el destino aprieta y nadie puede escapar.
Capítulo 241: Donde el destino aprieta y nadie puede escapar.

La sala de partos estaba inundada de luz blanca, demasiado limpia, demasiado fría para lo que estaba ocurriendo dentro.

Sofía ya no tenía noción del tiempo.

Minutos… horas… segundos… todo se había mezclado en una sola cosa: resistir.

Su cabello estaba pegado a la frente, húmedo, sus manos aferradas a las sábanas como si eso fuera lo único que la mantenía en este mundo. Cada contracción era un golpe directo, brutal, que le arrancaba el aire y le obligaba a cerrar los ojos con fuerza, como si así pudiera soportarlo mejor.

Pero no era solo el dolor físico.

No.

Había algo peor.

La ausencia.

—Respira… Sofía, respira conmigo…— insistía Ana, firme, profesional, pero con ese tono cálido que solo aparece cuando el corazón también está involucrado.

Sofía lo intentaba.

De verdad lo intentaba.

Pero entre cada respiración… su mente volvía ahí.

A él.

A Viktor.

—Empuja cuando te lo diga— indicó Ana con precisión, ajustando su posición. —Ya estamos cerca.

Cerca, esa palabra debería haberle dado alivio, pero lo único que hizo fue hacerle pensar…

¿Cerca de qué?

¿De traer vida… o de perder algo más?

—No…— jadeó Sofía, negando apenas con la cabeza. —No puede…

Otra contracción.

Más fuerte.

Más violenta.

Su cuerpo reaccionó por instinto, arqueándose ligeramente, buscando escapar de algo que no tenía escapatoria.

—¡Ahora!— ordenó Ana.

Y Sofía empujó, con todo, con dolor, con rabia, con miedo, con amor, porque ya no era solo por ella.

Era por esa pequeña vida que venía en camino…

Y por el hombre que estaba cometiendo la peor decisión de su vida.

—Eso es… eso es…— murmuró Ana, concentrada. —Una más así…

Sofía gritó.

No de debilidad.

Sino de fuerza.

De esa que sale cuando ya no queda nada más.

Mientras tanto…

La mansión de Krasnova se alzaba en medio del silencio como un secreto que nadie debía descubrir.

Alta, oscura, elegante, peligrosa.

Viktor se detuvo frente a la entrada.

El motor del auto se apagó, y con él… cualquier posibilidad de retroceder.

Sus manos permanecieron un segundo más sobre el volante.

Firmes, pero tensas, respiró hondo, una vez, dos.

Y salió.

El aire frío le golpeó el rostro, pero no lo hizo titubear. Sus pasos fueron seguros, directos, como si cada uno ya estuviera decidido desde antes de haber salido de casa.

Porque lo estaban, no vino a negociar, no vino a amenazar, vino a terminarlo, la puerta principal no tardó en abrirse, no hubo sorpresa, no hubo duda.

Como si ya lo estuvieran esperando.

Y eso… no le gustó.

Pero no se detuvo.

Entró.

El interior era exactamente como se esperaría: lujo contenido, sombras largas, silencio incómodo.

Y al fondo…

Ella.

Krasnova Volkov, sentada.

Impecable.

Como si el tiempo no la tocara.

Como si todo esto… fuera simplemente otro movimiento más en su juego.

—Sabía que vendrías— dijo, sin levantarse.

Su voz era suave, pero había algo en ella que raspaba.

Viktor no respondió de inmediato.

Se acercó unos pasos, lo suficiente.

—Deja a mi familia fuera de esto— dijo al fin.

Directo y sin adornos.

Krasnova sonrió lentamente.

—Qué entrada tan poco creativa…— comentó, inclinando apenas la cabeza. —Esperaba algo más… dramático.

—No vine a entretenerte.

—Oh, lo sé— respondió ella con calma. —Viniste a ofrecerte.

El silencio se hizo pesado y denso.

Pero Viktor no lo negó.

Porque no había nada que negar.

—Yo soy el problema— continuó él. —Yo terminé con Anastasia. Yo destruí lo que te quedaba. No ellos.

Los ojos de Krasnova brillaron apenas.

Interés.

—Sigue…— susurró.

—Tómame a mí— dijo Viktor. —Haz lo que quieras conmigo. Pero los dejas en paz.

Ahí estaba.

La carta sobre la mesa.

El sacrificio.

La estupidez… o la valentía.

Dependía de quién lo mirara.

Krasnova se levantó despacio.

Sus pasos eran lentos, elegantes, medidos, como si cada uno estuviera calculado para pesar más de lo que realmente hacía.

Se acercó.

Lo rodeó.

Lo observó.

—Mírate…— murmuró cerca de su oído. —El gran Viktor Ivanov… reducido a esto.

No hubo respuesta.

—¿Sabes qué es lo más interesante?— continuó ella, caminando frente a él. —Que lo harías de verdad.

Viktor sostuvo su mirada.

Firme.

Sin titubeos.

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Y real.

Eso… la hizo reír.

Bajito.

Pero sincero.

—Qué aburrido sería aceptar eso así sin más…— dijo, cruzándose de brazos. —¿Dónde queda la diversión?

Viktor frunció el ceño apenas.

—Esto no es un juego.

—Para ti no— respondió ella. —Para mí… todo lo es.

Se acercó un poco más.

—Además…— añadió, bajando ligeramente la voz. —Llegaste tarde.

Esa frase… no cayó bien.

Nada bien.

—¿Qué significa eso?

La sonrisa de Krasnova se ensanchó apenas.

—Significa… que mientras tú jugabas al héroe… la historia siguió avanzando.

El corazón de Viktor dio un golpe seco.

—Habla claro.

—Oh, lo haré— respondió ella con calma. —Pero no tan rápido…

Se giró, caminando de regreso a su asiento, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Porque justo ahora…— añadió, tomando el pequeño frasco transparente entre sus dedos. —Algo mucho más interesante está ocurriendo lejos de aquí.

—¡Una más, Sofía!— la voz de Ana volvió a cortar el aire.

Sofía ya no podía más, su cuerpo temblaba.

Sus brazos apenas respondían, pero aun así… lo hizo.

Empujó.

Con todo lo que le quedaba, y en ese momento… el mundo pareció contener la respiración.

Un segundo.

Dos.

Y entonces… un sonido, pequeño, frágil.

Pero poderoso.

Un llanto.

La vida.

Ana levantó al bebé con cuidado, con una sonrisa que no pudo contener.

—Sofía…— dijo, con una emoción que se le escapó entre la profesionalidad. —Ya está aquí…

Pero Sofía…

No sonrió de inmediato, sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no solo por eso, porque en ese mismo instante…

Su corazón no estaba completo, porque alguien faltaba y porque, en el fondo… sentía que algo no estaba bien.

Y no lo estaba.

Porque mientras una vida comenzaba… otra… estaba a punto de ponerse en juego.

Y esta vez… el destino no iba a pedir permiso.

El llanto de la bebé no fue un simple sonido, fue una irrupción, un corte limpio en medio del caos.

Un “aquí estoy” que llenó el aire de la sala, que obligó a todos a reaccionar, que trajo vida donde segundos antes solo había dolor, tensión y miedo.

Ana la sostuvo con firmeza, con cuidado, con esa mezcla de precisión médica y ternura que solo aparece cuando algo importante ocurre de verdad.

—Está perfecta…— murmuró, casi para sí misma, mientras la revisaba rápidamente. —Fuerte… estable… respirando bien…

Doña María, desde un lado, se llevó la mano a la boca.

Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.

—Dios mío…— susurró. —Mi niña…

Pero Sofía…

Sofía no reaccionó de inmediato.

Su pecho subía y bajaba con dificultad, su cuerpo aún temblando por el esfuerzo, el sudor frío recorriéndole la piel, los músculos todavía tensos como si no entendieran que ya había terminado.

Porque su cuerpo sí.

Pero su mente no.

Sus ojos estaban abiertos… pero no enfocados, como si estuviera en dos lugares al mismo tiempo, como si una parte de ella hubiera quedado atrás.

—Sofía…— la llamó Ana con suavidad, acercándose un poco más. —Mírame.

Tardó.

Pero lo hizo.

Sus pupilas buscaron… encontraron.

Y entonces… bajaron.

Hasta el pequeño cuerpo envuelto entre las manos de Ana.

Ahí, pequeña, frágil, real, su hija, el aire le faltó un segundo, pero no por dolor, por emoción.

Una lágrima rodó por su sien, perdiéndose en su cabello.

—Es…— intentó hablar, pero la voz no le salió bien. —¿Está…?

—Está bien— respondió Ana con firmeza, sonriendo ahora sin reservas. —Muy bien.

Eso… eso rompió algo dentro de Sofía, no de forma dolorosa sino liberadora, sus labios temblaron, y por primera vez desde que todo había comenzado…

Sonrió, débil, cansada, pero real.

—Mi bebé…— susurró.

Ana no esperó más, la acercó, con cuidado, con respeto, depositando ese pequeño milagro sobre el pecho de Sofía.

Y en cuanto la bebé hizo contacto…

Todo cambió, el llanto se suavizó, su cuerpecito se acomodó instintivamente, buscando calor, buscando latido, buscando hogar.

Sofía dejó escapar un sonido que no era llanto… pero tampoco risa, algo intermedio, algo profundo.

Sus manos temblorosas se elevaron, rodeando con cuidado a esa pequeña vida, como si temiera que desapareciera si la soltaba.

—Hola…— susurró, con la voz rota. —Hola, mi amor…

La bebé respondió con un pequeño movimiento.

Un gesto mínimo.

Pero suficiente para atravesarla por completo.

Y entonces… entonces sí... lloró, pero no de dolor.

De amor.

Pero incluso en ese momento… incluso con ese milagro entre sus brazos… había algo, algo que no se iba, una sensación, una presión en el pecho.

Un vacío que no correspondía con lo que estaba viviendo, y no tardó en volver.

Como una sombra, como un recordatorio.

Viktor, sus dedos se tensaron ligeramente alrededor de la manta.

Su respiración cambió apenas.

Ana lo notó.

—Eh…— dijo con suavidad. —Tranquila, ya pasó lo peor.

Sofía asintió, pero no dijo nada, porque no era eso, no era el parto, era otra cosa, algo más grande, más peligroso, más lejos… y al mismo tiempo demasiado cerca.

—Mamá…— murmuró, sin apartar la mirada de la bebé.

—Aquí estoy, mi vida— respondió Doña María de inmediato, acercándose más.

Sofía tragó saliva.

—Él…— empezó.

Pero se detuvo, no necesitaba decirlo completo.

Doña María bajó la mirada, y en ese pequeño gesto… estuvo toda la respuesta.

Mientras tanto…

La mansión seguía envuelta en esa calma inquietante que parecía artificial, como si cada pared, cada objeto, cada rincón… estuviera esperando algo.

Krasnova volvió a sentarse con una elegancia casi irritante.

El frasco giraba lentamente entre sus dedos, se líquido transparente… inocente a la vista.

Letal en esencia.

—¿Sabes?— dijo con ligereza. —Me gusta este momento.

Viktor no se movió.

No habló.

Pero su cuerpo… estaba tenso.

Listo.

—Este punto exacto— continuó ella. —Donde tú crees que aún puedes controlar algo… pero en realidad ya no.

—Di lo que tengas que decir— respondió él, seco.

Krasnova alzó una ceja, divertida. —Qué impaciente…

Se inclinó apenas hacia adelante.

—Tu esposa…— empezó.

Y ahí.

Ahí sí logró algo, un cambio mínimo, pero real.

Los ojos de Viktor se endurecieron.

—No la menciones.

—Oh, pero es inevitable— respondió ella con una sonrisa suave. —Es… el centro de todo esto, ¿no crees?

Silencio.

Pero cargado.

—Es curioso— siguió Krasnova. —Cómo alguien tan… insignificante en su origen… terminó siendo lo único que te importa.

Viktor dio un paso adelante, no fue brusco.

Pero sí suficiente.

—Te dije que la dejaras fuera.

Krasnova no se inmutó. —Y yo te dije… que llegaste tarde.

Esa frase volvió, y esta vez… pesó más.

—¿Qué hiciste?— preguntó Viktor, la voz baja… peligrosa.

Krasnova lo observó un segundo largo.

Evaluándolo, midiendo y luego... sonrió.

—Nada… aún.

Eso no lo tranquilizó.

Para nada.

—Pero…— añadió, levantando ligeramente el frasco. —Digamos que el tablero ya está preparado.

Se levantó otra vez.

Caminó despacio, como si disfrutara cada segundo.

—¿Te has preguntado alguna vez…— dijo, pasando a su lado. —Qué tan fácil es dormir a toda una casa?

Viktor no respondió.

Pero su mandíbula se tensó.

—Un suspiro…— murmuró ella cerca de su oído. —Eso es todo lo que se necesita.

Su corazón dio un golpe.

Fuerte.

—Pero claro…— continuó alejándose. —No siempre es necesario hacerlo así.

Se giró.

Lo miró de frente.

—A veces… es mucho más interesante… ver cómo reaccionan cuando están despiertos.

Se hizo el silencio, pesado y cortante.

—¿Qué quieres?— preguntó Viktor al fin.

Directo.

Sin rodeos.

Krasnova lo sostuvo con la mirada.

—Ya te lo dije…— respondió suavemente. —Quiero ver… cuánto estás dispuesto a perder.

En la clínica… el tiempo avanzaba, pero para Sofía… era distinto, más lento, más pesado, la bebé ya estaba envuelta con cuidado, descansando sobre su pecho, respirando tranquila, como si el mundo fuera un lugar seguro.

Como si no existiera nada más, Sofía no dejaba de mirarla, memorizando cada detalle, cada rasgo, cada pequeño movimiento.

—Es hermosa…— susurró Doña María, acariciando suavemente la cabecita de la bebé.

Sofía sonrió apenas.

—Se parece a él…— dijo en voz baja.

Y ahí…

Ahí se quebró un poco, porque decir eso…

Trajo todo de vuelta, el nudo en la garganta, la angustia, la certeza.

—Mamá…— volvió a decir, esta vez más firme.

Doña María la miró.

—Él se fue, ¿verdad?

Silencio no muy largo se instala en el momento, pero suficiente, y eso fue respuesta.

Sofía cerró los ojos un segundo, solo uno, como si necesitara ese pequeño espacio para no romperse.

—Sabía que lo haría…— murmuró.

No había sorpresa, había resignación, dolor y algo más, determinación.

Sus dedos se aferraron un poco más a la manta de la bebé.

—No puedo quedarme aquí…— dijo de pronto.

Ana, que estaba organizando algunas cosas cerca, giró de inmediato.

—Ni lo pienses— respondió. —Acabas de dar a luz.

—No me importa— dijo Sofía, sin levantar la voz, pero con una firmeza que no dejaba espacio a discusión. —No me voy a quedar esperando.

—Sofía…

—No— la interrumpió. —Ya sé lo que está haciendo.

Ana la miró y no encontró locura, encontró certeza.

—Va a entregarse…— continuó Sofía. —Va a intentar cambiar su vida por la nuestra.

El silencio cayó pesado en la sala, porque todos sabían… que era exactamente el tipo de cosa que Viktor haría.

—Y no voy a permitirlo— añadió.

Su mirada bajó hacia la bebé, su expresión cambió.

Se suavizó, pero no perdió fuerza.

—No ahora…— murmuró. —No después de esto.

Respiró hondo.

—No después de ella.

El ambiente cambió, se volvió denso, decidido, peligroso, porque en ese momento… algo quedó claro.

Esto no iba a terminar con Viktor sacrificándose, ni con Krasnova jugando, ni con nadie quedándose quieto, porque ahora… Sofía también estaba entrando en el juego.

Y a diferencia de antes… ya no era la misma, ahora tenía algo más fuerte que el miedo, algo más poderoso que el dolor, tenía un motivo, y eso…

Eso lo cambiaba todo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP