Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche cayó sobre el penthouse como un manto pesado, cargado de promesas y miedos. Uno a uno, todos se retiraron a sus refugios, Doña María llevó a Ana y a los niños a la habitación grande del fondo. Ana se acurrucó en la cama junto a Alexei y Nikolai, abrazando a los pequeños como si fueran su único ancla en medio del caos. Doña María se quedó velando un rato más, rezando bajito en la penumbra, antes de cerrar los ojos.
Klaus, en cambio, no se fue al apartamento de al lado como solía hacer. Se quedó en la sala principal, rodeado de mapas digitales en la pantalla grande, notas garabateadas en papeles y el plan de asalto para mañana delineado con precisión militar. Pero incluso él, el alemán frío, sentía el peso del día. Terminó la última revisión a las dos de la madrugada, apagó las luces y se dirigió al cuarto de invitados contiguo al de Viktor y Sofía. Cerró la puerta con un clic suave, se quitó las botas y se dejó caer en la cama, todavía con la ropa puesta. En la habitación principal, Viktor y Sofía estaban acostados bajo las sábanas, abrazados como si el mundo pudiera romperse si se soltaban. Él la tenía pegada a su pecho, su mano grande abierta sobre la curva suave de su vientre, sintiendo el latido tranquilo de su corazón. Ella trazaba círculos lentos sobre el tatuaje que cubría su pectoral, ese que se había hecho como a las semanas después del nacimiento de Alexei, tenía la fecha de nacimiento de su primer zar grabada en tinta negra. —¿Y si mañana no lo encontramos, Sofía— murmuró Viktor contra su cabello, su voz ronca por el cansancio y el miedo que no quería admitir. —¿Y si Ana tenía razón y todo esto es más grande de lo que pensamos? Vincent Veronin… ese hijo de p*ta dejó un legado que sigue envenenando vidas. Y Dimitri… mi hermano… ¿qué le estarán haciendo? Sofía levantó la cabeza y lo miró directo a los ojos, esos ojos azules todavía enrojecidos por todo lo que había pasado. —Lo vamos a encontrar, mi amor. Y si no mañana, al día siguiente. Yo estoy contigo. En lo que sea. En la guerra, en la paz, en la sangre… siempre. Te lo he prometido mil veces y lo vuelvo a prometer ahora. Él sonrió apenas, una sonrisa cansada pero llena de amor. —Eres lo único que me mantiene entero, mi reina. Sofía se acercó más, besando su cuello despacio, sintiendo cómo su pulso se aceleraba bajo sus labios. —Entonces déjame ayudarte a olvidar un rato este miedo que te está comiendo vivo. Sus manos bajaron por su torso, abriendo el botón del pantalón con dedos hábiles. —Necesitas desconectarte un poco, Viktor. Solo un momento. Él intentó detenerla, poniendo su mano sobre la de ella. —Mañana tengo que estar al cien, Sofía. No puedo… no debería… Pero ella no se detuvo. Bajó la cabeza, besando la línea de su abdomen, y luego más abajo, hasta que su boca encontró su calor endurecido. —Shh, mi amor… déjame adorarte. Déjame recordarte que estás vivo. Que nosotros estamos vivos. Viktor soltó un gemido bajo cuando ella lo tomó en su boca, lenta, profunda, tortuosamente lenta. Sus labios se deslizaban con devoción, su lengua danzando en círculos que lo hacían arquear la espalda. —Joder, Sofía… sí… así… Sus manos se enredaron en su cabello ondulado, guiándola sin fuerza, solo con necesidad. El miedo, los nervios, el peso del mañana… todo se iba disolviendo en el calor húmedo de su boca, en el ritmo que ella marcaba, lento y profundo, como si quisiera saborear cada segundo. Él echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, dejando que el placer lo inundara. —Te amo tanto… no pares, mi reina… por favor… eres lo único que necesito en estos momentos... Ah~ joder, amor... En el cuarto de al lado, Klaus rodó en la cama, intentando ignorar los sonidos apagados que se filtraban a través de la pared, gemidos bajos, respiraciones entrecortadas, el roce sutil de cuerpos que se entregaban. Al principio intentó concentrarse en el plan, en la Isla Dragón, en el asalto… pero los sonidos lo traicionaron. Le trajeron recuerdos que había enterrado muy hondo. Alguien. Una mujer. Una teniente de ojos como los de una cierva pura, pero con una determinaión que lo hacía descolocarlo siempre que etapa tan cerca de ella. La que lo había hecho sentir vulnerable por primera vez en su vida. La que nunca había podido olvidar. Los gemidos de Sofía y Viktor se volvieron más intensos, y Klaus sintió un calor traicionero subir por su vientre. —Maldita sea…— murmuró para sí mismo, rodando de nuevo, sintiéndose traicionado por la provocación que le toca soportar en esos momentos. Intentó resistir, pero su mano bajó sola, deslizándose bajo la cintura del pantalón. —No debería… mañana tengo que estar concentrado, frío… Pero ya no podía. Acarició su erección con movimientos rápidos, desesperados, imaginando que era ella, que era su nombre el que gemía en la oscuridad. Aceleró, el ritmo frenético, el placer mezclándose con la impotencia y la nostalgia. Cuando llegó al clímax, fue con un gruñido ahogado, y un nombre escapó de sus labios en un susurro roto... “Ela…” Se quedó inmóvil después, el pecho subiendo y bajando con fuerza. La culpa lo golpeó un segundo, pero el agotamiento fue más fuerte. Cerró los ojos y se durmió casi al instante por el agotamiento, con el nombre aún flotando en su mente. En la habitación contigua, Viktor y Sofía terminaron abrazados, sudorosos, exhaustos y satisfechos. Él la besó en la frente, sus labios permanecieron más de un segundo, murmurando contra su piel, —Gracias, mi amor… necesitaba esto, más de lo que te podrías imaginar. —Yo también,— respondió ella con voz suave y ronca por su recién encuentro poscoital, acurrucándose más al lado de su amado. —Mañana lo traeremos de vuelta. Juntos, confiemos en ti, en Klaus, y en el propio Dimitri de que está vivo adonde quiera que esté. Y así, en la oscuridad del penthouse, solo quedó el silencio… y la espera del amanecer que traería guerra. _____ En algún rincón de San Petersburgo, Dimitri estaba en una jaula, sentado en una cama con las rodillas recogidas y con ropa blanca con chaleco de fuerza y una venda en los ojos, él no podía ver, pero presenciaba con todo su ser, que fuera de aquella jaula, a través de las rejas, puede percibir la sombra del que lo ha secuestrado. —Tienes suerte de que siga indulgente, pero pronto perderé los estribos, y serás mi próximo ratoncito. Esa fue la primera vez que escuchó la voz de aquel enorme tipo de ropa negra, su mirada verde viendo Dimitri como si fuera una rata de laboratorio, por algo las iniciales de LR "LabRat" Dimitri se quedó escuchando aquellas palabras, sintió escalofrío recorrer su columna vertebral, se preguntaba internamente el por qué aún no le habían hecho nada. Lo último que escuchó fueron los tacones de los pasos del hombre desvanecerse a la distancia, y una risa grave pero pícara al irse. Él se preguntaba si estaba sólo en estos momentos, si tenía a alguien, si Viktor se acuerda de él, y el dolor de haber dejado a Ana sin un bonito matrimonio, una lágrima se le sale pero así como está atrapado, la lágrima es absorbida por la venda que lo cubre, sin embargo, él aún no es capaz de perder las esperanzas, porque conoce a Viktor, su amigo de armas, su hermano.






