–¿Y es que esta gente nunca trabaja? –se dijo Pablo a sí mismo después de colgar el teléfono. Acababa de hablar con la secretaria de la editorial, quien, una vez más, le había informado acerca de las ausencias del director y del dibujante. El uno seguía por fuera del país mientras, y el otro no se había acercado por la oficina en los últimos días. Con una frustración cada vez más fuerte, decidió ir hasta el pueblo, comprar algo de víveres en la tienda de Martín y si tenía suerte, lo podría