Martina alzó la vista: Salvador venía a paso firme hacia ellos. Ante el acoso de Vicente, la sangre le hirvió y le gritó:
—¡Llegaste!
—Ajá. —Un destello de sorpresa cruzó los ojos de Salvador, pero enseguida se plantó frente a ellos. Sujetó la muñeca de Vicente y pronunció cada sílaba con firmeza—: Te lo repito: suéltala. No me hagas decirlo una tercera vez; no tengo buen carácter y terminaré a los golpes.
—¿Qué…? —Vicente parpadeó, confundido; miró a Salvador y luego a Martina—. ¿Ustedes…?
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