En cuanto Alba oyó la propuesta, el llanto se le cortó de golpe.
Aun así, no se atrevió a lanzarse de inmediato; alzó la mirada y le pidió permiso a su mamá:
—¿Mami, se puede?
“Qué bien educada está”, pensó Alejandro con admiración. Con lo chiquita que es y lo mucho que la consienten, ni rastro de capricho: antes de todo, consulta a los mayores. Eso vale oro.
¿Y Luciana? ¿Cómo iba a resistirse? Dos pares de ojos—uno grande, otro pequeñito—la miraban con expectación.
—Alba, acuérdate de darle las