No reaccionaba. Desesperado, se inclinó y la besó.
Luciana, como alguien que sale a flote tras hundirse, se aferró a ese contacto y abrió los ojos de golpe.
Lo primero que vio fue el rostro agrandado de Alejandro.
Durante unos segundos no pareció reconocerlo; presa del pánico, se revolvió con fuerza.
—¡Mm! —Golpeó su pecho, tratando de zafarse.
—¿Qué pasa? —Él la soltó al instante pero mantuvo el brazo alrededor de ella. Le pasó los dedos por la frente empapada en sudor—. ¿Tuviste una pesadilla?