—¡Ay! —Luciana se asustó y soltó—. ¿Estás bien?
Vicente frunció el ceño y se sobó el brazo.
—Todo bien. Déjame entrar. Solo quiero hablarle.
—No es buena idea…
—Que pase —intervino Martina desde la sala.
Vicente sonrió débilmente y Luciana, a regañadientes, le permitió entrar. Martina lo esperaba sentada en el sofá.
—Siéntate —indicó ella, sin calor.
Vicente tomó asiento, las manos entrelazadas.
—Habla —dijo Martina.
Luciana regresó y se sentó junto a su amiga.
—Verás… —empezó él—. Antes de que