Al día siguiente Luciana cargó varias bolsas y fue a visitar a Martina.
Simón dejó los paquetes en la puerta del departamento. Dentro, las cortinas seguían cerradas; el ambiente era un túnel oscuro.
—¿Cómo vas? —preguntó Luciana, palpándole la frente.
En la llamada sonaba enferma; ahora lo confirmaba.
—Treinta y ocho coma dos —susurró Martina, abatida.
Los ojos enrojecidos delataban fiebre y un desamor que la había tumbado. No avisó a su familia; solo Luciana sabía su estado.
—¿Tomaste algo?
—No