—Por lo pronto… —Luciana deslizó la bandeja hacia él—. Come algo de fruta.
—Gracias, linda.
El muchacho sonrió, algo tímido.
—¿Te gusta la música? Si quieres, te canto una canción.
—¡Sí! —exclamó Martina, palmoteando y señalando al otro—. ¡Los dos juntos!
—Encantados.
La pista cambió; los chicos tomaron un micrófono cada uno. Y, la verdad, cantaban muy bien: prueba viviente de que ganar dinero nunca es fácil.
—¡Bravo! —Martina aplaudía entusiasmada—. En otra época habrían sido los favoritos del