Alejandro supo que ella se había asustado. Y eso, en cierto modo, le pareció un alivio: al menos no seguiría adentrándose sin freno en la boca del lobo.
Cuando concluyó el tiempo de la sesión, Luciana fue retirando las agujas una a una.
—Señor Guzmán, por favor descanse. Con su permiso, me retiro —Guardó su estuche y se levantó.
—Doctora Herrera… —Alejandro la llamó con un tono inesperado, atrapándola de nuevo por la muñeca.
—¿Sí? —contestó Luciana, incómoda al sentir esa mano que la sujetaba—.