Ella se quedó quieta, sin siquiera extender la mano. Reconocía el formato de la caja: seguramente contenía un collar, una pulsera… algún tipo de joya. Recordó la docena de rosas blancas que él le había regalado días antes, y supuso que esto tampoco sería algo sencillo o barato. Pero, más allá del costo, sabía que no podía aceptarlo.
Con el ceño fruncido, Luciana sintió que se adentraba a un pantano. Tenía la sensación de que cualquier movimiento en falso la hundiría más.
—Ábrelo —insistió Adrián