—Además, ¡trajiste contigo a la bebé! Nadie sabe lo difícil que debió ser. Ni siquiera puedo imaginarme por lo que pasaste —continuó Martina, y sin poder evitarlo, se le humedecieron los ojos.
—No llores —dijo Luciana, acariciándole el cabello—. Todo quedó atrás, y al final no fue tan duro como imaginas.
Entre clases, trabajos ocasionales y cuidar de Alba, los días habían sido exigentes pero llenos de sentido para ella.
—Oye, y hablando de cosas serias… —Martina se limpió con el dorso de la mano