En la puerta principal, Luciana seguía cargando a Alba, quien se recostaba sobre su hombro.
—Mami, tengo hambre… —dijo la niña con voz tierna.
—¿Ah, sí? —Luciana le acarició la carita—. En cuanto regresemos, te prepararé unos fideos con mariscos, ¿qué te parece?
—¡Sí! —respondió Alba, dando brincos de alegría con la cabeza.
—Eres un sol… —murmuró Luciana con ternura.
Detrás de ellas, se escucharon pasos. Era Alejandro, que salió despacio. Luciana, de espaldas, no lo vio, pero Alba sí, y sonrió,