Colgó y se quedó aturdido, como si algo en su interior se hubiera detenido.
—¡Señor, señor! —insistió la vocecita de la niña.
Alejandro volvió en sí al sentir que la pequeñita tiraba de su pantalón, intentando con todas sus fuerzas trepar sobre él; su carita se ponía roja por el esfuerzo, pero no lograba subirse. A punto de soltar un puchero, parecía a segundos de llorar de nuevo.
—Uf… —soltó un suspiro y se inclinó para levantarla con cierto desasosiego.
La niñita era redondita y blanda, despre