Apenas dieron las seis, Alejandro llegó. Encontró a Luciana sentada en el sofá, como si lo hubiera estado esperando.
—Luciana, ya estoy aquí.
Dejó el saco en el perchero y fue directo hacia ella, con el impulso de abrazarla. No obstante, Luciana alzó la mano para frenarlo y señaló el sillón de enfrente.
—Siéntate allí.
Al ver su semblante serio, Alejandro dedujo que ella tenía algo importante que decir. Se aclaró la garganta y se sentó frente a ella, adoptando una expresión serena.
—¿Ocurrió alg