—Vamos, Luciana, levántate —le dijo, pasando los brazos por debajo de sus costillas y ayudándola a incorporarse.
Ella lo miró desde su regazo.
—¿Todo terminó?
—Claro —susurró Alejandro, besándole la frente—. Siempre estuviste libre de culpa. No tenían nada contra ti.
La sostuvo con cuidado mientras salían. Luciana, con la mente embotada, presentía cierto cambio extraño. Bajando por las escaleras, el celular de Alejandro vibró; él miró la pantalla y, sin decir nada, cortó la llamada sin atender.