—¿Su “castigo” es vivir con el rostro desfigurado? ¿Crees que eso basta como consecuencia? —espetó Luciana, enarcando una ceja con desdén.
El hombre no contestó, pero no pudo disimular que estaba, en cierto modo, de acuerdo.
Luciana soltó un hondo suspiro.
—¿Cuánto debes quererla para confundir la desgracia que ella misma provocó con un acto de justicia?
—Luciana, no malinterpretes —dijo Alejandro, con la voz ronca—. Está claro que me engañó y, además, te inculpó. Solo le di una oportunidad de n