Él sintió que los ojos le brillaban como fuegos artificiales.
—Fuiste tú quien me provocó.
Sin perder tiempo, la llevó hasta la cama y la recostó con cuidado, inclinándose para besarla con más intensidad. Pero Luciana se puso nerviosa, lo empujó con la mirada humedecida:
—No, por favor…
—Tranquila —murmuró él, con la voz ronca pero dominando sus impulsos—. Sólo te besaré y te abrazaré… nada más.
Ella, sin embargo, lo miró con los ojos bañados en un llanto que no llegaba a soltar y sacudió la cab