—¿Qué crees que hago? —replicó él, evidentemente molesto—. ¡Quítate los zapatos! ¿O piensas seguir con ellos empapados?
Dicho esto, tomó con determinación ambas piernas de Luciana y las apoyó sobre las suyas. Al ver que las dos zapatillas y los calcetines estaban húmedos, su expresión se volvió aún más sombría.
Ella se encogió un poco, un tanto asustada por su reacción.
—¿Por qué te mueves? —la reprendió él con un tono bajo e impaciente. En un abrir y cerrar de ojos, le sacó los zapatos y los ca