Mientras Alejandro estaba en el baño, Luciana se dirigió a la cocina en busca de un recipiente hermético. Con cuidado, colocó adentro al pequeño muñeco y selló la tapa. Luego lo guardó en el congelador.
Sonrió al pensar que así no se derretiría.
—Luciana. —Alejandro apareció en la puerta, solo con la camisa puesta, habiendo dejado el abrigo a un lado—. ¿Qué haces?
—Nada… —respondió, sintiendo que el corazón se le aceleraba. Cerró la puerta del refrigerador con disimulo—. Estoy preparando la cena