—Sí —admitió Luciana con la cabeza gacha.
Alejandro no pudo evitar sonreír con ternura. Conocía de sobra la faceta compasiva de Luciana, aunque ella se esforzara en parecer dura.
—De verdad no es necesario. Aquí hay médicos y enfermeras; no podrás hacer nada más que quedarte preocupada. Mejor descansa, ¿quieres? Hazme caso.
Luciana vaciló antes de hablar:
—¿Te quedarás tú en el hospital, cierto?
—Sí. —Alejandro asintió. Después de todo, Ricardo y Pedro habían ingresado al quirófano el mismo día;