Dicho y hecho: pinchó una albóndiga para colocarla en su plato.
—Ah… —Alejandro, sin embargo, se inclinó un poco hacia ella y abrió la boca, como si esperara que se la llevara directamente a los labios.
Luciana se quedó petrificada. Quería caerle bien para poder pedirle un favor, pero… ¿darle de comer en la boca?
—¿Qué esperas? —insistió él con fingida impaciencia—. Se me está cansando la mandíbula de tenerla abierta. ¿No quieres que la coma?
—Ehm… vale. —Con el corazón acelerado, Luciana llevó