Desvió la mirada y unas lágrimas rodaron por sus mejillas.
—¿Por qué lloras, hermana? —Pedro se asustó al verla así. Tomó una servilleta para ofrecérsela—. No llores, por favor.
—No lloro de tristeza… lloro de alegría. —Luciana sonrió entre lágrimas—. Eres un chico increíble: bueno, inteligente… me enorgulleces mucho.
—Jaja… —Pedro se rascó la cabeza, algo apenado—. Pero es porque tú me criaste bien. Eres mi hermana y también mi mamá.
—Mi niño… —susurró Luciana, sin dejar de asentir conmovida.
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