—¿Eh…? —balbuceó, sin comprender qué le pasaba. ¿Qué había hecho para provocarle esa mirada?
—¡Ay, por Dios! —se quejó un vendedor ambulante de frutas—. ¡Traes una panza enorme y ni ves por dónde andas! Te llamé, y ni caso hiciste.
Era evidente: Luciana había caminado distraída, sin notar el peligro.
—Lo siento —se disculpó Luciana, apenada—. De verdad, no lo oí.
—No pasa nada —respondió el vendedor—, pero ponga más atención.
Entonces, Luciana se fijó en el gesto de Alejandro y comprendió por qu