—Uno nunca sabe —contestó Victoria, hablando casi para sí misma—. Si no lo intentamos, no sabremos si era posible.
No hubo tiempo para más. Se oyó el ruido de la puerta del baño, y Luciana salió de allí.
—No sigas —susurró Victoria, tomando a Diego del brazo. Luego, se volvió hacia Luciana con una sonrisa amable—. Luciana, ven. El desayuno está caliente… No sabía bien qué te gustaba, y olvidé preguntarte. Si algo no te agrada, dímelo sin pena.
—Señora Domínguez, todo se ve muy bien —respondió Lu